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lunes, 1 de junio de 2009

HISTORIAS DE BARRIO

Una experiencia con anarquistas

Por aquellos años vivió en el barrio don Apolinar Ergueta, un español de cabello canoso y barba blanca que cuidaba con esmero no distante de la coquetería.
De contextura delgada, nervudo y fuerte, aparentaba cincuenta años de edad, pero en verdad ya casi alcanzaba los setenta.
Tenía ojos azules y una mujer, doña Elvirita, que se miraba en ellos. Era carpintero don Apolinar, y en el fondo de su casa, en el que se erguían dos enormes moreras -una que daba frutos negros y blancos la otra- , solían reunirse en las siestas los changos a juntar moras que, en baldes, llevaban a su casa para que la mamá las volviese dulce. Don Apolinar disfrutaba de esa bulliciosa compañía.
Fue allí, una de esas tardes, donde el vate (todavía en ciernes) Acuña escuchó por primera vez hablar de anarquismo.
El dueño de casa recibía, casi todos los días, a un grupo de gente que, a los muchachos, les parecía extravagante. Los visitantes, en su mayoría, eran españoles e italianos. Vestían ropa de trabajo y eran corteses y hablaban en voz baja, por lo general. En ocasiones alguno de ellos levantaba la voz y pronunciaba frases que al vate le sonaban a declaraciones de guerra.
Un día el chango Oscar Acuña, futuro fatigador de sonetos de amor, se animó a preguntar quiénes eran esos señores.
Don Apolinar, sonriendo, le contestó: Son mis amigos anarquistas.
Y el vate, en babia, quiso saber más: - ¿Qué son los anarquistas? ¿Son carpinteros como usted? ¿Qué fabrican?
Don Apolinar ensanchó su sonrisa: - Algunos son carpinteros como yo; otros son albañiles, o mecánicos. Los hay también empleados del ferrocarril… ¿Sabés qué fabrican? Pues, todos fabrican esperanza.
El vate abrió así la boca. - ¿Esperanza de qué, para qué?
De un mundo mejor, para felicidad de todos los hombres del mundo, le explicó don Apolinar Ergueta.
El vate se fue con sus amigos que, mientras él conversaba con don Apolinar, aprovecharon para seguir comiendo moras.
El Negro Luján le preguntó qué le había dicho don Apolinar. - Nada, sólo hablamos de anarquistas…
El Payito Martínez saltó: ¿Anarquistas? A esos los meten presos. Dice mi tío Efraín que esos cosos tiran bombas, y que no creen en Dios y matan a los curas…
Y al otro día el vate corrió a preguntarle a don Apolinar si lo que dijo el Payito era cierto. - Mirá chango, entre los anarquistas hay de todo: violentos y pacíficos, que son los más. Los anarquistas luchan por derrotar a las injusticias y a la explotación de los hombres por otros hombres, y por el Estado. ¿Sabés qué es el Estado? Bueno. Aquí, entre nosotros, no hay violentos. Te invito a que me acompañes mañana sábado a la Plazoleta Antofagasta, en la Estación. Habrá un acto anarquista. Verás que no son tan malos como los pintan.
Y el vate fue. La plazoleta estaba como de fiesta. A un costado, un hombre, con una víbora grandota enroscada en su cuello, trataba de convencer a los muchos curiosos que comprasen sus productos. Más allá, una veintena de hombres, y una o dos mujeres con sus críos, se juntaba alrededor de una pequeña plataforma.
A ella se subió un señor que al vate le cayó simpático. - Ese es don Juan Riera, el panadero. Oirás lo bien que habla. Prestá atención, le dijo don Apolinar. Y el orador, con voz clara y serena, fue enumerando las desdichas del obrero generadas por los poderosos de la tierra. Habló de las reivindicaciones obreras, del ideal libertario, fustigó a las guerras y a sus aprovechados hacedores, habló sobre la nefasta injerencia del Estado en la vida de los pueblos y de los individuos, etcétera.
Después habló otro, y otro, y otro. Todos aplaudían con entusiasmo y gritaban cosas que al vate le parecían estar dichas en otro idioma.
No hubo ningún incidente, y el acto terminó cuando los presentes cantaron una canción que al vate le pareció hermosa, pero cuya letra no entendió porque estaba distraído atendiendo otras cosas.
De regreso a casa, don Apolinar le preguntó si le había gustado. El chico dijo que sí, que le había gustado mucho. - Sobre todo el hombre de la víbora. ¿Vio qué bárbaro? La tenía envuelta en el cuello! ¿Y si lo picaba?, dijo.
Don Apolinar optó por silbar un aire de su tierra. Y continuar caminando.



LUCAS DALFINO
Semanario Redacción, 30/05/09, Salta, Argentina

viernes, 15 de mayo de 2009

HISTORIAS DE BARRIO

El más joven de los centenarios

Dos barrios había que se sacaban chispas: el 17 de Octubre y el de Los Gauchos de Pueyrredón. Tenían una frontera común: la calle Alsina, desde el tagarete, por entonces descubierto, de la Virrey Toledo, hasta, digamos la Zuviría. El 17 de Octubre de extendía hacia el Sur, hasta Leguizamón. Y el de Los Gauchos de Pueyrredón hacia el Norte, hasta, más o menos, la 12 de Octubre. Y hacia el oeste su límite era el mismo que el de su vecino: la Zuviría.
La zona ubicada al Este del tagarete, incluido el cerro 20 de Febrero, era territorio compartido.
Los muchachos del 17 de Octubre, además de jugar al fútbol en el equipo barrial (casacas verdes con visos blancos) lo hacían en Gimnasia y Tiro, mientras que los de Gauchos (camiseta de Chacarita Juniors), eran jugadores de Argentinos del Norte y de Libertad. Había excepciones, como el negro Cleto Ríos, de 17, que era insái del club que tenía como principal animador a Polito Rojinegro.
Más allá de esa rivalidad futbolera, los changos de uno y otro barrio eran amigos y compañeros de aventuras y otras yerbas.
En la faz en que se competía en serio era en la, llamémosla así, “institucional”. Por ejemplo, el barrio 17 de Octubre se enorgullecía de tener un Club de Pesca, mientras que los vecinos de Los Gauchos de Pueyrredón se jactaban de poseer un Ateneo Cultural y Literario. Cosas así.
Y también estaban los personajes. En lo deportivo Los Gauchos se sentían aventajados porque si bien lo tenían a Tolombino, cuya potente patada rompía travesaños y desparramaba barreras y arqueros, y al Ceto Flores, ganador por puntos de Pascual Pérez, futuro campeón olímpico, el 17 de Octubre contaba con una gloria sin parangón: don Juan Manuel Juárez, el famoso “Negro ´el agua” (nada que ver con el Gitano de igual apellido), insái exquisito que brilló en canchas rosarinas, jugando para “la lepra”, y a Amadeo Dal Borgo, atleta completo.
Hasta que un hecho fortuito vino a inclinar la balanza a favor de Los Gauchos.
Un vecino del barrio, don Agustín Serapio Portales, enfermó y, como correspondía fue a consultarla a doña Anselma, la benemérita curandera del pasaje La Tablada, que le diagnosticó “empacho”. -¡¿Empacho yo?! ¿De qué? Si agata como salteado, protestó don Agustín Serapio. El asunto fue que doña Anselma le ofreció prepararle un brebaje para curarlo, y le preguntó: -¿Pá´qué edad sería, don Agustín?
Y el paciente respondió: Hagameló pa´más de cien!
Por supuesto que doña Anselma corrió la voz que en el barrio vivía un “centenario y pico”, y que era don Portales.
La noticia fue recibida con aplausos y vivas por los miembros del Ateneo que ahí no más dispusieron homenajear al longevo vecino, que era un morocho subido, vago y sin oficio conocido, además de pícaro y mala vuelta. Vivía de lo que “conseguía”, y de hacer changas que no le demandaran mucho esfuerzo.
Organizaron un acto pomposo, y decidieron premiar al “centenario” con un mes de viandas gratis, y “algo de efectivo”. También le compraron ropa nueva. Y para el acto central en el que se iba a declarar a don Agustín Serapio “Centenario honorable del barrio Los Gauchos de Pueyrredón”, invitaron al Intendente Municipal, que comprometió su presencia.
Y llegó el día tan esperado. El salón del Ateneo esplendía. El Intendente adujo “compromisos insoslayables”, y envió a su secretario privado, un jovencito relamido y presumido. La ex señorita Josefina tuvo a su cargo la presentación “de nuestro amigo centenario, nuestro orgullo y demostración viviente de los sanos aires vitales y morales de este barrio”. Y bla, bla. Doña Eduviges Elizabide comentó al oído de su comadre doña Florencia Velarde: -Con esto los sepultamos a los del 17!
El representante del Intendente invitó a pasar al frente a don Agustín Serapio y, mientras sacaba de su estuche la medalla con la que lo distinguirían, le preguntó: -¿Así que usted tiene más de 100 años, señor? ¡Una vida ejemplar la suya!
Y don Portales, incómodo como siempre, le aclaró: No, yo tengo 68. Me dieron 100 por una broma que le hice a doña Anselma… Y como me llenaron de regalos, dejé que lo creyeran…
Lucas Dalfino
Semanario Redacción

martes, 7 de abril de 2009

DIA MUNDIAL DE LA SALUD

El 7 de abril el mundo celebra el Día Mundial de la Salud. Este día, en todos los rincones del planeta, cientos de eventos conmemoran la importancia de la salud para una vida productiva y feliz. Reducir la mortalidad infantil, mejorar la salud materna, y combatir el VIH/SIDA, el paludismo y otras enfermedades son algunos de los Objetivos de Desarrollo de la ONU para el Milenio que todos los Estados Miembros de la ONU se han comprometido a cumplir para el año 2015.

Precisamente, en el día mundial de la salud, vaya mi homenaje con esta HISTORIA DE BARRIO de Lucas Dalfino.



HISTORIAS DE BARRIO



Tribulaciones de doña Eduviges


Doña Eduviges Elizabide era, por lejos, y por prepotencia verbal, la matrona de más peso en el barrio y, tal vez, sólo su comadre doña Florencia Velarde, “la finuda esa”, como la llamaba, habría sido capaz de hacerle sombra en el gramaje.
La lengua de doña Eduviges era temida y respetada por todos, y ese perfil de su personalidad tuvo su epígono en la pluma del bardo Mirífico Rosales (adversario del vate Oscar Acuña) que, en exacta cuarteta, afirmaba que era un desatino confiarle algo a la doña principal de la cuadra, porque:

En menos que canta un gallo
tendrá amplia difusión,
no solamente en el barrio
sino en toda la región.

Doña Eduviges estaba orgullosa de su hijas – Esperanza, Doralba, Lola y Otilia – ; pero más lo estaba de su hijo varón, el Robustiano, del que se pavoneaba que “estudia medicina en Tucumán”. Y añadía, como al descuido: - El Robi está acostumbrado a lo mejor. En casa de mi hermana Gertrudes, en la que está parando, lo sirven como a un gentilhombre, que lo es. Cuando se reciba, que ya falta poco, vendrá a ejercer aquí. Mi ñaña, pese a toda su plata y a su abolengo, que también es el mío, no tuvo hijos. Y lo quiere al Robi como si fuese suyo.
Y sucedió que esa joya un día anunció que venía a Salta de vacaciones, después de cinco años. Doña Eduviges puso a sus hijas y a las dos mochas que la servían, a dejar en condiciones la casa (“que no se note una pelusa”), hizo pintar el comedor y el living, y mejoró los sanitarios. – Es que mi Robi es muy delicado..!, justificó el gasto y el esfuerzo. Y el Robustiano llegó. Se había ido a estudiar hace seis años; regresó solamente el primer verano. Después, únicamente cartas a la mamita. La tía Gertrudes también escribía anoticiando los adelantos del universitario. – Está bien cuidado, y lo tengo cortito, aunque no hace falta porque tu hijo es una monada: serio, responsable, todo el día dedicado a los libros, es muy casero, decía.
Doña Eduviges lo recibió con una fiesta a la que invitó a lo más granado del barrio. Alto, bien plantado, pura sonrisa y simpático, el Robustiano se anotó un poroto con las amigas de sus hermanas. Y doña Florencia, cuando el cuasi médico le besó la mano, se deshizo en elogios. Sólo el vate Acuña y el maestro Delmiro lo miraron con sospecha: esas tremendas ojeras que intentaba disimular con anteojos oscuros, que usaba hasta de noche, ¿se las había conseguido estudiando? ¿Por qué no hablaba nunca de su carrera y evitaba cualquier conversación sobre ella?
El Robi dormía hasta la hora del almuerzo. Después una buena siesta, ducha, empilche y a la calle. Hasta la madrugada. Así todos los días. Doña Eduviges trataba de justificarlo: -El chico se está tomando un desquite de los años que pasó quemándose las pestañas. Son canitas al aire bien ganadas. Ya volverá a la normalidad. ¡Qué quieren!
Hasta que un día de abril de 1956 el barrio se enteró por el diario que “en la víspera fue clausurado el bar y boite “La Granjita”, que funcionaba en Aniceto La Torre 244. En el procedimiento policial se secuestraron armas y drogas, y fueron detenidas varias mujeres que ejercían allí la prostitución, y dos de sus rufianes, Laureano Rojas Rubio, chileno, (a) Pincho, y Robustiano Elizabide, (a) Querubín. Este último regenteaba en Tucumán, con una pariente suya, Gertrudes E. de Fernández, un negocio de las mismas características que el clausurado en esta ciudad”.
Doña Eduviges casi se muere del disgusto y la vergüenza. Dos meses permaneció en cama, quisquida y delirando. Pero el barrio la absolvió de culpa y cargo, aunque con una reconvención: - Eso le ocurrió por palanganear con la parentela.
Sólo el maestro Delmiro y el vate Acuña la gozaron: -Mirá vos, ¡debute le había salido el querubín a la comadre!

lunes, 30 de marzo de 2009

HISTORIAS DE BARRIO

Todavía la sigo criando a la nena

El vate Oscar Acuña se había despedido temprano de sus amigos: - “Me voy a una reunión familiar. Hoy llegó mi tío Normando y trajo a su nueva esposa. Habrá una cena. Chau; mañana les cuento, explicó.
El maestro Delmiro exigió detalles: - ¿El tío ese que vive en Buenos Aires? ¿El que le ganó al gigante Camacho? ¡Qué cacho de loco! ¿Ese?
Mientras se alejaba, el vate respondió: - Sí, ese. Mañana nos vemos.
Y al otro día se encontraron en El Ateneo. Mientras las chicas cebaban mate y un par de dedos de grapa porque estaba frío, el Colorado Martínez urgió: - Che, vate, contanos cómo estuvo la comida anoche.
Y el vate, inopinadamente, comenzó a reírse, primero bajito y después a carcajadas. - Miren, dijo cuando se le fue la risa, fue una joda. Cuando llegué, mis otros tíos, mi mamá y mi abuela, estaban como hipnotizados, y sólo tenían ojos para la mujer del loco Normando. Pero, vamos por parte, de lo contrario no entenderán nada.
El vate sorbió un yerbeado y se mando al buche una copita de grapa, para entonarse y, luego de sofocar un nuevo ataque de risa, continuó su relato.
-¡Dale, dale!, pidieron sus amigos.
Y el vate habló: - Ustedes saben, porque les conté, que mi tío Normando es una especie de mancha en la familia (una familia, dicho sea de paso, con máculas variadas y diversas). Cuando nosotros éramos chicos, el tío nos asombraba trepándose hasta lo alto del zaguán de mi casa, usando solamente las piernas, con las manos en la espalda. Después vino esa pelea con el gigante Camacho, un boliviano de dos metros y medio, en el Luna Park de la Necochea. Ganó por abandono. Fue cazador de monos en el Chaco, domador de arañas pollito en el circo de los Hermanos Parra, contrabandista, curandero, astrólogo, etcétera.
El vate hizo una pausa para un nuevo mate y para otra grapita. - El asunto es que un día decidió irse a Buenos Aires a trabajar. Supimos que era estibador en el puerto. Después de cinco o seis años regresó. Volvió acompañado por una mujer, mayor que él, y por una chiquilina, hija de una relación anterior de aquella. La nena, de unos nueve años, más que porteñita parecía de la Puna. Era tímida y se escondía detrás de las puertas, y respondía con monosílabos a las preguntas.
Doralba Elizabide, aunque interesada en lo que contaba su novio, lo apuró. - Bueno, le dijo, ¿pero que sucedió anoche en la cena? ¿Cómo es la nueva esposa de tu tío?
El vate se tomó su tiempo, y aprovechó la interrupción para la tercera grapa. - ¡Calma, radicales, parodió a los de la boina blanca. Calma que ya vendrá lo mejor. Paciencia. Ya saben que con paciencia y saliva un elefante….
Acabó de beber la grapita, se aclaró la voz, y continuó. - La cosa fue, dijo, que mi tío Normando, su mujer, su concubina, mejor, y la pendeja volvieron a Buenos Aires. Y así transcurrieron un montón de años, hasta que ayer retornó acompañado por su nueva pareja. Y si en verdad tienen tanto interés en que les cuente lo que ocurrió anoche, sean amables y llenen esta copita que, vacía, da lástima.
La Cosita Castillo le hizo el honor de colmarle la copa. Y el vate, entonado y conociendo que era el centro de la reunión, siguió - Anoche llegué cuando ya estaban todos a la mesa y parecían hipnotizados por la flamante pareja del tío Normando, como les dije. ¡Y no era para menos! Casi me caigo de antarcas cuando me di cuenta de quién se trataba. Aunque con unos abriles más, y con un obvio y excelente desarrollo corporal, no era otra que aquella chiquilina tímida y huraña que habíamos conocido. Esa vez vino como hijastra, y ahora regresó como mujer de su padrastro! Mi abuela se lo quería comer al tío, pero acabó en paz.
Cuando los hombres quedamos solos (yo incluido), alguien le preguntó: - Che, Normando, ¿y la madre?
Y el tío Normando, como si tal cosa, contestó: - Me cansé de la vieja, y nos separamos. Arreglé con ella para quedarme con la piba. ¡Ganancia pura, che!
Luego, dirigiéndose a mí, que me esforzaba para no reírme, me dijo: - ¡No es para risa, sobrino! Para tener éxito en la vida, hay que ser constante. Mirá, yo la crié de chiquita, y no abandoné mi propósito. Todavía la sigo criando a la nena!
Los varones aplaudieron, y las señoritas pusieron cara de escándalo. -Che, vate, preguntó recelosa Doralba, ¿esos genes se heredan?
LUCAS DALFINO
(Semanario Redacción, julio 2008, Salta, Argentina)

jueves, 26 de marzo de 2009

HISTORIAS DE BARRIO

Crónica de una aventura

Decían del vate Oscar Acuña que era un tipo “sin abuela”. Puede ser que así haya sido, pero lo que sí tuvo, y le consta a este cronista, fue un abuelo de antología. Era italiano, de la Toscana, y desde que llegó como inmigrante a la Argentina, mejor, desde que se afincó en Salta, se casó y nació su única hija, Elvirita, no volvió a hablar en su idioma natal. Por supuesto, hablaba en cocoliche que él afirmaba que era “argentino”: “Io parlo lo aryentino” , decía.
Don Luiggi, que así se llamaba, tenía el oficio de maestro fideero, y ya jubilado uno de sus pasatiempos preferidos era arrellanarse en su sillón hamaca frente al gran ventanal de su casa, y desde allí charlar sobre bueyes perdidos con el ocasional conocido que pasaba. Al crepúsculo, lo llamaba al vate – por ese entonces un muchacho de 11 o 12 años – que estaba siempre cerca del nono, y lo mandaba a comprar un vino morao Coll en el almacén de don Nicolás Chirimbas.
Su otro entretenimiento era gastarle bromas a su mujer, doña Eloísa, una valenciana petisita, de pocas pulgas, fanática peronista, que dividía su tiempo, casi en partes iguales, entre la Unidad Básica y la cocina.
Don Luiggi, por ejemplo, solía invitarla, a los gritos, desde su sillón: - ¡Eh! vieca, vestite que vamo a lo cine! ¡Prisa, prisa!
Y doña Eloísa se vestía presurosa, y ya lista se presentaba frente a su marido que, lo más pancho, continuaba contándole aventuras imaginarias a su nieto.
Con los brazos en jarra, la buena señora lo enfrentaba: - ¿Puede saberse qué haces tú aquí todavía sin haberte arreglado para ir al cinematógrafo?
El viejo, haciéndose el burro: - ¿A lo cine? ¿Io? ¿Cuándo? ¿Usté capicha, bambino?, le preguntaba al vate que, digno nieto de tal abuelo, respondía: - Me estoy enterando… ¿La abuela se va al cine, y sola?
La valenciana daba media vuelta y se iba hirviendo de indignación. Lo más gracioso o lo más triste era que doña Eloísa caía una y otra vez.
Don Luiggi, hombre pesado y ya con la vejez casi encima, se lamentaba de no poder ir, como hasta hace pocos años, a caminar por ahí. Ahora sus piernas no le ayudaban.
El vate tuvo, entonces, una idea: - Oye, abuelo, ¿por qué no te comprás una bicicleta? Yo te enseñaré a andar, así podrás pasear a tu gusto.
Al viejo le pareció una muy buena idea. Se compró una “Torpado”, importada de Italia, hermosa y fuerte. Alegraba los ojos verla.
Y el vate se puso en la tarea de enseñarle a andar en ella. Pero la empresa se hizo difícil pues don Luiggi no daba pie con bola, mejor dicho, pie con pedal. Le resultaba casi imposible mantener el equilibrio más de 5 o 10 metros sobre el machinato. ¡Y al suelo!
Así una y otra vez. Ensayaban todos los días, y todos los días fracasaban. Al cabo de un mes decidieron abuelo y nieto darse por vencidos.
Don Luiggi regresó al sillón hamaca a charlas con sus vecinos y el vate a escuchar las historias que el viejo le contaba. Y los dos a reírse de las ingenuidades de doña Eloísa.
Se lo notaba nervioso y un poco molesto a don Luiggi que, en ocasiones, miraba a hurtadillas a la bicicleta que había quedado apoyada en una pared del comedor.
Una mañana le dijo a su nieto que quería probar si ahora podía andar. Llevaron la bicicleta a la calle; subió don Luiggi en ella, y comenzó a pedalear. Anduvo 10, 15, 20 metros… ¡Ahora se cae!, pensó casi en voz alta el vate. Pero no. El viejo siguió andando y andando. A las dos cuadras se dio vuelta y saludó con la mano en alto al vate que, en medio de la calle, no salía de su asombro. Don Luiggi dobló hacia el sur, y el vate, temiendo lo peor, corrió tras de él. Al llegar a la esquina por la que había doblado, vio cómo su abuelo se alejaba sin problemas, pedaleando como un experto.
Al mediodía no había regresado aún. Comenzaron a preocuparse. El vate había dado aviso a sus padres, y doña Eloísa abandonó la Unidad Básica (¿o era la cocina?) para sumarse a sus afligidos parientes. Llegó el anochecer, y nada. Ya habían alertado a la policía que empezó a buscarlo.
El amanecer los encontró desvelados y desesperados. Un agente venía cada tanto a comunicarles que la búsqueda no daba resultado todavía. Con el nuevo día los vecinos se hicieron presentes, como si fuese un velorio.
A las 12, y cuando “nadie ya lo esperaba”, como dijo después doña Eduviges, un vigía oficioso anunció ¡Ahí viene, ahí viene! Salieron en bandada a la calle justo cuando don Luiggi, sonriente y aplomado, estacionaba la “Torpado” y se bajaba de ella con un saltito.
Desdeñando preguntas y recriminaciones, el viejo puso su mano sobre el hombro de su nieto y juntos entraron en la casa. - ¿Adónde estuviste abuelo?, quiso saber el vate. Y el viejo, guiñándole un ojo, le prometió: - Después te cuento, hijo.
Y lo dijo en perfecto castellano.
LUCAS DALFINO
(Semanario Redacción marzo 2009)

lunes, 2 de marzo de 2009

HISTORIAS DE BARRIO

-Caricatura del Dr. Gustavo Cuchi Leguizamón-

LA GRACIA DE LOS EPITAFIOS
La Salta aldeana (y no hablo de hace muchos años) era, en verdad, un barrio grande. El barrio del Bajo y el Barrio del Alto sólo eran pretenciosas referencias geográficas. Los changos denominábamos “barrio” a la cuadra en que estaba nuestra casa. O a la manzana. Pero lo cierto es que toda la ciudad, o la aldea, como queráis, era “el barrio”, el barrio de todos los salteños.
Y esta aldea-barrio, o viceversa, poseía una característica especial: era fecunda en adoradores de la luna, esos seres que el vulgo conoce como poetas, vates o bardos. Y entre ellos abundaban los que se inclinaban por la sátira, esa distinguida señora ducha en censurar o poner en ridículo a personas o cosas.
Y estos poetas satíricos (desde don Nicolás López Isasmendi en adelante) tenían preferencia por los epitafios, notorio rasgo de nuestra herencia española. Lo notable era que los epitafios estaban escritos para ciudadanos que gozaban de buena salud, circunstancia que aumentaba hasta el infinito la gracia de los envíos. Don Nicolás, para empezar, nos legó estas joyitas, entre otras:
Debajo de este aguapey
de flores y frutos lleno,
yace Conrado Serrey,
alias Capitán Veneno.
O ésta no menos simpática:
Usó en vida cuellos Mey
lo menos treinta veranos,
y hoy al peso de los granos
ha doblado la cerviz,
al lado de Enrique Clix,
terror de los escribanos.
El querido vate don Julio Díaz Villalba dedicó a sus amigos y conocidos algunos epitafios antológicos.
A Horacio Santa Cruz, apodado “Cayote”, le dedicó esta inscripción mortuoria:
Horacio yaces sin luz,
tendido como un lingote.
Te cayó la Santa Cruz,
a la Santa Cruz cayote.
Para don Antenor Saravia, que nunca había trabajado (ni jamás lo hizo), escribió el siguiente rótulo:
En esta tumba tan fría
-¡ Qué irónico desenlace! -
Antenor, que nada hacía,
resulta que ahora “yace”.
Luis Quiroz era rengo. Y don Julio le donó este epitafio:
En esta tumba barata
yace el rengo Luis Quiroz,
que un día estiró la pata:
no pudo estirar las dos.
Y escribió éste para un viejito verde que tenía lógicas dificultades para ejercer su fama:
El viejo que aquí murió
buscaba un afrodisíaco,
pero el paro que logró
fue sólo un paro cardíaco.
El vate Julio Díaz Villaba no pudo con su genio y se dedicó esta inscripción:
¿Qué ocurrirá si en la muda
fría tumba me veis yerto?
Os sacaré de la duda:
ocurrirá que me he muerto.
Había un tal “Mandinga” no sé cuánto, que caía parado en todos los gobiernos, del signo político que fueran. Manuel J. Castilla le dedicó este epitafio:
De costao yace “Mandinga”,
e incómodo debe estar:
tan sólo después de muerto
no se pudo acomodar.
Y el Cuchi Leguizamón, para no ser menos, escribió el que sigue para un acartonado caballero de nuestra sociedad:
Yace aquí un opa solemne,
doble primo de su hermano.
En vida fue filatélico,
boy scout y rotariano.
Colmando su estupidez
murió joven, rico y sano.
Arturo Dávalos, espíritu juguetón y generoso, es el autor de este epitafio ejemplar:
Yace aquí un agricultor
que aró gran parte del mapa
montado sobre un tractor...
¡Y dejó una viuda papa!
César Fermín Perdiguero consiguió este epitafio en el cementerio de Cerrillos:
En este lugar sagrado
yace un esposo gallina
que llevó una vida indigna
porque su media naranja
fue una buena mandarina.
En nuestros días el asunto no decae. Al talentoso poeta Ramón Jesús Vera los maledicentes le atribuyen escaso apego a la higiene. Y así Carlos Hugo Aparicio le dedicó este epitafio:
Si se muere Ramón Vera
un miércoles de ceniza,
dejenló sobre la acera.
¡Que lo recoja Malisa!
Y LuisAndolfi, basado en un sueño que tuvo Verita, y que éste inocentemente le contó, construyó esta maldad:
Bañado en su propia sangre
yace Vera apuñaleado...
¡Será otro, porque Vera
ni difunto está bañado!
Y así fue, y así es el barrio. Y qué razón tenía López Isasmendi:
La vida es rápida
cual piuma al vento:
dura un momento, y cae la lápida.
Por Lucas Dalfino
Semanario Redacción
Salta, Argentina, agosto de 2006

viernes, 6 de febrero de 2009

HISTORIAS DE BARRIO

LOS SUEÑOS DE JACINTO
Por Lucas Dalfino

(Semanario Redacción - Salta, Argentina, Febrero 2009)

Esta es una historia breve. Es la historia de Jacinto, un changuito de barrio, en este caso del barrio de Federación, ciudadela que, además de ser cuna de ese entrañable club de fútbol, dio cobijo a otra renombrada, aunque efímera, institución deportiva: Medellín Rugby Club, de la que ya nos ocupamos en una nota anterior.
Bien. Jacinto vendía diarios y revistas en un quiosco establecido en la esquina de Alvear y Leguizamón, casi junto a la entrada de la Farmacia Calchaquí. Queda entendido que Jacinto no era el dueño del puesto, sino un simple empleado.
El propietario de la botica que, si bien recuerdo, era Cosme Damián Delgado, solía convidarlo al muchacho con mate cocido y bollos.
Jacinto era entretenido, vivaz y muy divertido. Todos lo querían, y siempre tenía a clavel de labios un dicho ingenioso.
En la esquina del quiosco se reunía por la tardecita el grupo de changos más representativo de la barriada. Y corrían entonces las pullas, las púas, los apodos, los relatos de aventuras, imaginadas o reales, los comentarios sobre fútbol y, por supuesto, sobre las naifas de la vecindad.
Jacinto participaba de estas juntas con absoluta discreción, hasta con timidez, pues sus contertulios eran gentes de lengua de temer y, para más, mayores que él. En esos momentos compartía chanzas y otras culebrillas, y aportaba unas cuantas de su propia cosecha, con muchachos como, entre otros, el Indio Vera, los hermanos Murúa, los hermanos Brizuela Wilde (Luciano, que devino cantor famoso, Polilla y Manuel que con el tiempo fueron, y son, escribanos), etcétera. Estos Brizuela Wilde tenían un pariente ilustre, don Eduardo Wilde, escritor y político, que fue ministro de Instrucción Pública durante una de las presidencias de Julio Argentino Roca.
Jacinto tenía dos pasiones: Federación y la comparsa. Era admirador del cacique Josito, y su sueño era llegar a ser como él.
Una tarde el entonces muy joven poeta Hugo Roberto Ovalle leyó ante la chispeante concurrencia unas cuartetas que había escrito para Jacinto. Todos se conmovieron y el destinatario de las coplas aplaudió, como si hubiesen sido hechas para otro.
Aquí las reproduzco:

Remiendos con pantalón
en la cintura Jacinto
lleva sujetos al cinto,
y suelto su corazón.

De pobre no más que es,
ojeando alguna revista
le parece que su vista
lo engaña o le está al revés.

Para el año en la comparsa,
y aunque Josito se pique,
yo he de ser el gran cacique
con este gorro de garza.

Alvear y Leguizamón,
debajo de su birrete,
sueña junto a Kosinete
el gol de Federación.

Después vino la diáspora, y cada uno tomó por su lado. La barra de Alvear y Leguizamón se hizo humo, y sólo quedaron de ella estos recuerdos entre los que se destaca la imagen de Jacinto, con su birrete, su tímida sonrisa, su humildad y su capacidad para hurgarle el lado flaco al menos pensado.
Se ignora si sus sueños se volvieron realidad. Acaso bajo del casquete emplumado de algún indio comparsero bulla la picardía inocente de su inolvidable presencia.