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lunes, 8 de junio de 2009

EL ÚLTIMO ADIÓS AL GALLEGO ZAMORA

Desde acá, mi más sentido pésame para la familia del Gallego Francisco Zamora. Tuve el privilegio de compartir con él en muchas ocasiones las páginas de la NEXO, revista dominical del diario El Tribuno y del semanario Redacción. Es el autor de las ingeniosas y agudas columnas que varias veces hemos publicado en este blog. Hoy ya no está entre nosotros, nos dejó definitivamente, sin embargo siempre seguirán sus ocurrencias vivas mientras haya lectores que las disfruten. Adios, Don Gallego.
Guflo


A continuación reproduzco la nota publicada en el Diario El Tribuno ayer, domingo 07 de junio.

"El, que tantos cierres había protagonizado en su vida, se convirtió esta madrugada en el cierre más doloroso, el más sentido y más triste que sus compañeros de El Tribuno hayamos protagonizado en muchos años. Anoche, cuando en numerosos lugares de la ciudad sus colegas de toda la vida se reunían para brindar por el Día del Periodista, se nos fue uno de los mejores, tal vez el más querido, el Gallego Zamora. Su trinchera de toda la vida fue el diario, este diario, y él, hasta hace muy pocos días, estuvo entre nosotros.
Francisco Zamora nació en Tucumán en 1934. Vivió en Jujuy, en su primera etapa como periodista, y se radicó en Salta desde 1969. Era el periodista más antiguo de esta casa, y su trayectoria, su historia personal, se vinculan de la manera más honda, más estrecha, con la generación que, encabezada por Roberto Romero -que lo distinguió siempre con su amistad y con su afecto- dio forma y personalidad a El Tribuno y lo proyectó con peso propio en la provincia y el NOA. El Gallego -así, a secas-compartió aquellas jornadas pioneras, además de Romero, con Líbero Martinotti, Ricardo Fernández Dorré, Avelino Cantarero, los hermanos Antonio y Luis Magna. Esa lista, imposible de enumerar por completo, no puede ignorar tampoco a Luis Mario Gbhara, Lucio Paz Posse, César Rovega, César Perdiguero, Carlos Fernando Barbarán, Luciano Tanto, Polo Ortín, Oscar Argañaraz y tantos otros hombres que, conformaron el núcleo matriz de esta empresa.
Se va con Francisco Zamora una pluma de lujo, un periodista de vocación renacentista, por su amplitud de intereses y su amplísimo registro cultural. Se va, también, un escritor de primera fila, que con tres libros "El llamaviento" (cuentos, 1975), "La heredad de los difuntos" (novela, 1977) y "Bisiesto viene de golpe" (novela, ganadora del Premio Homero Robles en 1977) concitó el elogio sin reservas de la crítica nacional.
Cronista de registro múltiple, Zamora perteneció por derecho propio a la prosapia de los mejores en este oficio, y su nombre no desluce a la altura de Roberto Arlt, Haroldo Conti y Rodolfo Walsh, entre tantos otros que supieron dar testimonio, en cientos de páginas calientes, de las urgencias y necesidades de su tiempo.
El suplemento cultural de este diario, que dirigió durante muchos años, da testimonio de su pasión por las más variadas expresiones del arte y la cultura. Allí late asimismo el registro palpitante de sus muchos viajes y sus experiencias en los escenarios más diversos de buena parte de América latina.
Vehemente hasta el estallido, su honradez y la lealtad a sus propios principios eran el torrente caudaloso por donde circulaba su espíritu noble. Zamora fue un verdadero maestro de periodistas, y quedará para siempre, en tantas páginas que escribió, el magisterio sin estridencias de su prosa limpia.
Se fue el Gallego, y con él se va uno de los tramos más fecundos de nuestro periodismo, que es también el de la historia de Salta que todavía está por escribirse. Pero fundamentalmente se va un hombre bueno y digno, generoso y desinteresado; aquel que gozaba en compartir, en su casa hospitalaria, la comida y el vino. Sus compañeros y amigos lo recordaremos en la sonrisa que exhibe Blas, su hijo adolescente, que hereda no sólo su inmensa biblioteca y su discoteca impar, sino también la pureza de alma de su padre.
Todas las despedidas duelen, pero hay despedidas que duelen mucho más, y ésta es una de ellas. Adiós, pues, al Gallego. Adiós a Francisco Zamora, hombre de bien, comprometido y leal, periodista excepcional. El Tribuno y toda su gente están de duelo y lo lloran hoy, 7 de junio, Día del Periodista."

viernes, 29 de mayo de 2009

EL CONTROL DE LAS ARMAS DE FUEGO...


La criminalidad sigue creciendo.

El control de armas de fuego, sólo otro negocio del Estado
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El Plan Nacional de Control de Armas de Fuego encarado por el Gobierno Nacional con la intención de reducir la delincuencia, demuestra que los funcionarios continúan ignorando que las armas no son culpables por el aumento de los delitos, sino el hambre, la desocupación, la marginalidad y las injusticias. Porque hasta ahora, con este plan sólo consiguieron desarmar a la gente honrada y pagar dinerales por armas que en la mayoría de los casos no servían para nada, mientras los crímenes, especialmente en Buenos Aires, aumentaban hasta alcanzar proporciones aterradoras.
Hoy, que con otra medida inconducente se trata de reducir la edad para la imputabilidad de los menores, nadie consideró que los jóvenes que no pueden estudiar y que no tienen trabajo ni futuro, no sólo delinquen para subvenir sus necesidades, sino que al hacerlo se desquitan de una sociedad que los maltrata y que los ha despojado hasta del derecho a la esperanza.
Los autores de este engendro legal nunca entendieron que no son las armas las que matan, sino quienes las emplean. Tal vez lo sepan ahora que la ley redujo drásticamente las armas de fuego, sin que por ello se redujera la criminalidad, lo cual podrían haber descubierto más rápido y a menor costo averiguando que este método se intentó antes en muchos países pero nunca ayudó a bajar las estadísticas criminales.
Esta ley puso nació impulsada por la matanza atribuida a Martín Ríos, un loco que anduvo tirando tiros por las calles y mató al chico Alfredo Marcenac. O sea que las actitudes de un loco, entiéndase bien: uno solo, un solitario que ejerció su insanía en forma trágica, fue suficiente para que el Gobierno procure regular la conducta de miles de personas que no son locas y que jamás cometieron un delito.
Parece una perogrullada decir que para reducir la delincuencia hay que disminuir el número de delincuentes. Y también es una obviedad sostener que para ello hay que atacar las razones que inducen a la delincuencia y no las armas, que apenas son las herramientas usadas para delinquir y no la causa del delito. Si al delincuente le quitan el arma de fuego, utilizará otra cosa, pero delinquirá si tiene el propósito de hacerlo. En ese sentido, vale la pena recordar que según las estadísticas, mueren muchas personas a cuchilladas por cada víctima de un disparo.
Con el actual criterio, después de reducir las armas de fuego ¿qué seguiría? ¿Prohibirán los cuchillos, las tijeras, los destornilladores, los martillos y las sogas? ¿O tal vez los vehículos, que causan más muertes que las armas? Este despropósito es suficiente para demostrar el error de tomar medidas que pasan por alto lo esencial, pues atribuye al arma una capacidad exclusivamente humana.
Debe entenderse que el asesino decidido a matar, matará aunque no tenga un arma de fuego. Lo hará con cualquier objeto contundente, o con la corbata del funcionario que cree que sólo los revólveres matan. Por lo tanto, acabar con los criminales es un problema mucho más complejo que tratar de combatirlo con la infantil reacción gubernativa de controlar las armas de fuego, que, por lo demás, ya están suficientemente controladas.
Tal vez convenga aclarar en tal sentido, que para registrar un arma de fuego son necesarios largos y complejos trámites que cuestan mucho dinero y que deben repetirse cada cierto tiempo, lo que parece ser el verdadero objetivo de esta medida, ya que sacarle plata a los legítimos usuarios es hasta ahora el único resultado que ha dado la vigencia de la ley.
También es capcioso explicar que deben buscarse las razones del crecimiento delictivo en las injusticias sociales que causaron tanta desocupación y pobreza. La criminalidad se incrementó fundamentalmente por la miseria debida a la falta de trabajo, por la marginalidad de miles de personas alcanzadas por los despidos causados por las privatizaciones, quienes fueron compelidas de la noche a la mañana a pasar de una vida digna a una subsistencia de privaciones y de permanente angustia.
A poco que se analice, se comprobará que esta ley sólo apunta realmente a sobrecargar de exigencias a quienes tienen sus armas registradas, o sea a tiradores deportivos, coleccionistas y cazadores, porque los funcionarios no tienen modo de saber quiénes son los que tienen armas sin registrar. Lo único que se consiguió con las exigencias del RENAR es incrementar el contrabando de armas y municiones, porque los delincuentes compran cualquier cosa, desde metralletas hasta chalecos antibalas, en un mercado negro exacerbado hasta el delirio por las trabas oficiales. Pero es absurdo suponer que los asesinos registrarán las armas con las que cometerán sus asesinatos. Y en eso, precisamente, radica la principal falla de cualquier sistema que pretenda reducir el delito controlando las armas de fuego.
Para colmo, esta ley, como ocurre con casi toda disposición adoptada en la Argentina, ignora el federalismo y otorga a los funcionarios de Buenos Aires exclusividad absoluta para resolverlo todo, reduciendo el papel de las oficinas provinciales del RENAR al de meras receptoras de solicitudes. Por eso, cabe recordar que el loco Ríos, el asesino de Marcenac, poseía una pistola calibre 40 legalmente autorizada por los mismos burócratas que se atribuyen la facultad de decidir quien puede ser legítimo usuario en el país.
Así, merced a esta Ley sólo se aumentó la indefensión de la gente ante una delincuencia que crece y una policía que no da abasto para asegurar la seguridad pública. Su vigencia significó darle más pasto al caballo para que adelgace, lo cual, además de una ingenuidad, sólo resultó un buen negocio estatal a expensas de los usuarios legales.
Francisco Zamora
(Semanario Redacción, Salta, Argentina)

lunes, 27 de abril de 2009

EL GLIFOSATO MATA, PERO ESO NO PREOCUPA A DON OLMEDO

Caricatura de Alfredo Olmedo

El senador provincial, sojero, productor de legumbres, industrial, concesionario de vehículos Toyota, millonario y aspirante a gobernador Alfredo Olmedo, sostuvo hace unos días por FM Profesional que “prohibir la aplicación de glifosato implicaría paralizar completamente el país”. El legislador hizo esta manifestación después que la Asociación de Abogados Ambientalistas (AAA), presentó un recurso de amparo ante la Corte Suprema de Justicia de la Nación, solicitando suspender la venta, comercialización y aplicación de glifosato y endosulfan, “porque tienen efectos nocivos para la salud humana”.
El legislador añadió que “los sojeros vivimos de esa producción, no de construir chip de computadoras”, por lo cual indicó que “una medida en tal sentido sería una nueva afrenta contra quienes cultivan soja”. La reacción de Alfredo Olmedo fue una forma de respuesta a una investigación realizada por el Laboratorio de Embriología Molecular del Conicet, según la cual “se comprobó científicamente que con dosis quinientas mil veces inferiores a las empleadas en las fumigaciones sojeras, se producen trastornos cardíacos e intestinales, alteraciones neuronales y graves malformaciones.
Las demandas de la AAA por estos problemas alcanzaron al Estado nacional, a las provincias de Córdoba y Santa Fe y a la empresa Monsanto, principal comercializadora de herbicidas basados en glifosato, cuyo nombre comercial es Roundoup. En Salta, los carteles con propaganda de este agrotóxico se pueden ver a menudo en las zonas donde se extendieron los cultivos para plantar soja, en cuyos sitios se tratan mayoritariamente las plantaciones con esos herbicidas.
Aparentemente, el senador provincial no sólo supone que la soja es el único cultivo se realiza en el país, según surge de afirmar que “la prohibición del glifosato paralizaría la Nación”, sino que los sojeros no creen que esos tóxicos contaminen a la gente mientras ellos ganan dinero gracias a las fumigaciones con Rondoup. Para colmo, la mayoría de las empresas dedicadas a este cultivo reconocen la toxicidad del glifosato, aunque ninguna de ellas parece preocuparse por la suerte que corran sus trabajadores ni sus vecinos.
Pese a todo, no estamos abriendo juicios sobre el problema de las retenciones, porque entendemos que esa cuestión no está vinculada a la carta del señor Olmedo. Lo preocupante aquí es más bien ese rasgo de autoritarismo que exhibe el poderoso productor metanense cuando afirma con total liviandad y en primera persona: “yo no apruebo que se prohiba el glifosato”. En todo caso, señor, prefiero que lo pida a que lo ordene, considerando particularmente que aparte de sus empleados, usted no tiene facultades para darle órdenes a nadie.
Además, luego que se conocieron los daños que provoca el producto de Monsanto, también podremos acusar a quienes lo emplean de insensibles y de sacrificar la vida de las demás para obtener mayores ganancias. Y no solamente la de ellos, pues existen reiteradas denuncias por muertes de perros y algunos animales de corral, especialmente cerdos. Tal vez, si alguna vez se hicieran las cosas en serio, se aplicaría en estos casos un tipo de penalidad que no fuera la simple sanción económica con que a veces se beneficia a los empresarios para que no cumplan una pena mayor.
Hace mucho tiempo que los herbicidas, de cualquier marca u origen, son elementos de manejo peligroso y que a menudo provocan accidentes. Sin embargo es llamativo que a pesar de su disputa con el mal llamado “campo”, el Gobierno nacional no se haya preocupado por controlar el uso de los agrotóxicos. Especialmente porque esos químicos están en el límite entre la polémica por las retenciones y la que está suscitando en uso de elementos venenosos.
Francisco Zamora
Semanario Redacción 25/04/09
Salta, Argentina

miércoles, 25 de febrero de 2009

De cotos, opas y operías. Sobre opas clásicos y opas emboscados

Salta, poético vergel,
por su clima tropical,
ha sido siempre especial
en dar opas a granel.

Salta y Jujuy, en los tiempos de ñaupa, solían disputar por la procedencia de los opas. Los jujeños decían que el origen de tales especímenes era indiscutiblemente Salta, mientras la gente de aquí juraba y perjuraba que venían de Jujuy. Paralelamente como consecuencia de ese entredicho, había también una discusión respecto a la paternidad del coto, inflamación de la glándula tiroides que a menudo adornaba el cuello de los cotudos de ambas provincias con unos bultos descomunales.
En Jujuy, por ejemplo, a mediados del siglo pasado, había en la calle Alvear un turco eternamente parado a las puertas de su negocio, como quien espera por la clientela, que en realidad no esperaba a nadie, sino que estaba parado allí para lucir orgullosamente, al paso de las chicas que salían de los colegios, un coto de colección con el tamaño y la forma de una bolsa con pomelos, que el turco llevaba echado sobre un hombro.
Y en Salta vivió el famoso “Protocoto”, un cotudo antológico que no podía caminar -según afirman los viejos memoriosos-, porque el peso del coto lo obligaba a agacharse tanto para adelante, que andaba siempre trotando. Si Protocoto intentaba caminar normalmente, por efectos de la ley de gravedad se iba de jeta al suelo. En realidad, como se enseña ahora, ambos males estaban relacionados porque el coto, que los médicos llaman tiroiditis, termina a la larga por causar anomalías cerebrales, es decir opería.
Cuando alguien descubrió que el problema se debía a la falta de yodo, pues las aguas de esta parte del país carecen de ese elemento, se dispuso yodar la sal de mesa y sanseacabó. La cotopería disminuyó notablemente en pocos años. Sin embargo, el poeta salteño Nicolás López Isasmendi, conforme con su vena satírica, atribuyó a otras causas la reducción de casos de tiroiditis. Según él, que explicó su teoría en un célebre poema cuya primer cuarteta inicia esta nota, el yodo no tuvo nada que ver con la desaparición de los cotudos. Ese poema sigue nombrando a los opas más representativos del gremio:

Griseldo, Aujero, Bombilla,
Herodes, Panta, Escamayo,
Quitupí, Coto Zapallo,
Tres-Tres y Pata Amarilla,

han sido opas que se fueron
de este mundo engañador.
Opas, querido lector,
que su destino cumplieron.

Después de enumerarlos, López Isasmendi mencionó una de las actividades más estimadas de cierto opa cuya habilidad resultó invalorable para mantener la ciudad libre de malos olores y de las complicaciones que surgen de las cloacas trancadas:

Algún opa fue un auxilio
que gran servicio prestaba,
era el opa que cazaba
los “tigres” a domicilio.

Y por fin, el poema nos expone la teoría del autor sobre las causas que determinaron la desaparición de tantos estimables conciudadanos:

La grey opa cayó enferma
casi en su totalidad,
notándose en la ciudad
desde entonces mucha merma.

El progreso, francamente,
mató un opa cada día,
al principio fue el tranvía,
después… el agua corriente.

De una manera u otra, lo cierto es que el coto, que bien podría servir hoy como otro motivo de atracción turística, prácticamente ha desaparecido. Ya no van quedando opas al estilo antiguo, o sea opas evidentes, asumidos y normalmente serviciales. Estos de ahora son opas sin relación con el yodo, opas mala vuelta, disimulados y arteros, opas camuflados que a menudo, por esas vueltas de la vida y por las paradojas que se reiteran tanto en nuestro país, ocupan cargos importantes en la administración pública o dirigen programas radiales y televisivos.
¿Qué se le podría echar al agua para componer a los opas emboscados? Porque esta opería moderna parece ser contagiosa y se está volviendo epidemia. Hay que hacer algo. Tal vez haya un modo de ponerlos en evidencia antes que se encarguen de ello las testiculeces que caracterizan normalmente las actividades de esta gente. Tiene que ser antes que hagan operías, porque en contrario, el opa es descubierto cuando hizo tantas macanas, que ya es demasiado tarde para remediar el error de creerlo normal y darle responsabilidades que exigen idoneidad.
Hay que hallar la manera de conocerlos muy de movida, a fin de prohibirles, entre otras cosas, que hablen por micrófonos.
Francisco Zamora

Fuente: Semanario Redacción, Salta, Argentina, septiembre 2008.

lunes, 9 de febrero de 2009

Choreo de los bancos y obediencia debida ante la indiferencia judicial


Por Francisco Zamora
Antes de empezar, para que todos los lectores entiendan de qué se trata esta nota, transcribiré párrafos de algunos artículos de la Constitución Nacional, aunque ya es sabido que en este país, las leyes son un asunto medio nebuloso que apenas si sirve para que los pícaros, o sea casi todos los argentinos, especialmente los expertos en aplicarlas, busquen la forma de limpiarse el tuje con ellas, aunque más no sea para probar que la viveza criolla sigue tan vigente como siempre. Veamos.
Dice el artículo 14 entre otras cosas: “…todos los habitantes de la Nación tienen derecho a usar y disponer de sus propiedades…” Y el Art.17 agrega: “La propiedad es inviolable y ningún habitante puede ser privado de ella…” El 18 establece que “…los papeles privados son inviolables y sólo con una ley indicará en qué casos y con qué justificativos podrá procederse a su allanamiento…” El 31 exige que todos, gobernantes y gobernados, estamos obligados a obedecerla.
Para mayor abundancia, el capítulo segundo de la Carta Magna, que se relaciona con los derechos y garantías supuestamente incluidos para beneficio del pobrerío rasca, es decir de nosotros, sostiene en su Art.42 que “Los usuarios y consumidores de bienes y servicios tienen derecho a la protección de su salud,, seguridad e intereses económicos, a una información adecuada y veraz, a libertad de elección y a condiciones de trato equitativo y justo.” En tal sentido, para asegurar que esas condiciones realmente existan, el Art.43 expresa: “Toda persona puede interponer acción expedita y rápida contra todo acto u omisión de autoridades públicas o privadas que restrinjan, lesionen o alteren con ilegalidad y arbitrariedad manifiesta, derechos y garantías consagrados por esta Constitución.
Todavía hay más sobre esto de la propiedad privada, no vayan a creer, pero entretanto se ha gastado tanta tinta para dejar aclarado que aquí nadie tiene derecho a hacer lo que le dé la gana con los bienes ajenos, los bancos hacen manganetas intolerables con el sueldo de los asalariados que cobran por cajeros automáticos, estableciendo inconsultas disposiciones restrictorias con descarada prepotencia y jodiendo la vida de todos aquellos que cobran sus haberes los 10 de cada mes, último día establecido legalmente para ello.
Los laburantes van al cajero, el banco les paga una parte y con eso generalmente no pueden saldar todas sus deudas, así que los tipos deben volver al día siguiente a retirar más efectivo, cuando las deudas vencieron y hay que pagar intereses y punitorios. Por descontado, el banco no reconoce un solo centavo por todo este lío que es pura y exclusiva responsabilidad de ellos, ni devuelve los gastos extras, incluyendo los del transporte y el tiempo perdido, ocurridos por su exclusiva responsabilidad.
Los empleados bancarios dicen que es una disposición del Banco Central por “seguridad”, pero a nadie consultaron si quieren esa “seguridad” y de qué joracas se trata. En realidad, esto de la seguridad es otro curro: los banqueros se quedan con la guita de la gente, la hacen rendir, le sacan ganancias y no le garpan un sope de interés a nadie. Aunque en cada caso esos intereses serán unas pocas monedas, hay que multiplicar esas monedas por cientos de miles de afectados para descubrir la magnitud del choreo. Además, hay que sumar las monedas correspondientes a este asunto cada mes y fijarse cuanto representa en el presupuesto anual de trabajadores que no tienen por qué alimentar esta angurria ilegal y arbitraria de los bancos.
Usted protesta y el pincherío bancario, debidamente aleccionado por sus jerifaltes, ponen cara de cancheros y dicen siempre medio de mal modo: “Es cosa del Banco Central, quejesé a ellos”. O sea de nuevo la maldita, cochina, injusta y delictiva “obediencia debida”. Pero ni ello ni los pinches agrandados y el funcionario porteño soberbio y autoritario que dispuso de prepo esta barbaridad, pueden violar impunemente la ley. Deben ir en cana porque violar la Constitución y las otras leyes es un delito. Y los delincuentes y sus cómplices de los bancos, todos los culpables de esta historia, deben estar en cana como corresponde. Y desde luego, juicio político para destituir a los magistrados que miran para otra parte mientras los banqueros ricachones agrandan sus fortunas chiroleando descaradamente los escasos suelditos de la gente que trabaja.
En realidad, aún suponiendo que esto de la “seguridad” de los pagos a lo mejor obedece a alguna razón más o menos atendible, sobre todo en un ambiente peligroso como Buenos Aires, ¿qué le costaba a los banqueros, entre tantos cientos de formularios y demás papelerío que habitualmente utilizan, incorporar una cláusula preguntándole al usuario si acepta la tal seguridad? ¿Por qué no lo hicieron? ¿Ningún asesor jurídico de los bancos advirtió que se estaban violando derechos ciudadanos? Por eso, también ellos deben ir en cana. Nadie en la Argentina puede pretextar desconocimiento de la ley para salvarse de una condena y menos aún cuando se trata de un leguleyo, sin merecer siquiera un buen patadón en el traste..
Entonces vamos a poner las cosas en su sitio: Hay que meter en el Hotel del Gallo ya mismo a los banqueros, sus asesores, los jueces distraídos, los parlamentarios que jamás leyeron alguna de las quejas de sus representados y hay que apretar la corbata de toda la ralea de cómplices hasta que se pongan morados. Pero antes, a modo de “probation”, toda la caterva debe ir a deschalar maíz hasta que junte suficiente dinero para devolver hasta el último centavo mal habido. Y por último, que en adelante se cumpla meticulosamente el Art.42: “Los usuarios tienen derecho a una información veraz, a la protección de sus intereses económicos, a la libertad de elección y a un trato equitativo y justo”. Naturalmente, sin restricciones pijoteras ni otros inventos por el estilo. Sólo así será Justicia.

(Fuente: Semanario Redacción, Salta, Argentina, Febrero 2009)